Andy Murray, Hasta pronto

Levantar el trofeo dorado de Wimbledon para Andy Murray fue una sensación de liberación, alivio y de expulsión de esa rabia contenida que le impedía disfrutar al 100% del deporte que amaba. Tan sólo recuerda el ultimo punto de aquella final. Lo había conseguido, había conseguido superar la presión de la prensa, del público y la suya propia. Esa presión, la que el ser humano se busca como compañera en su día a día cuando vemos que algo se nos escapa en la vida, cuando sentimos que tenemos que conseguir algo y no podemos hacerlo realidad. La sensación de liberación cuando se consigue, pasa por encima de la alegría por lo conseguido.

El público por fin tenía un campeón 77 años después del último campeón británico, Fred Perry.

Andy Murray nació en Dunblane, localidad de unos diez mil habitantes al noreste de Glasgow. Dunblane ha marcado la vida de Andy, creció allí hasta los catorce años cuando decidió que su futuro pasaba por España tras conversar en un campeonato sub´14 con Rafael Nadal. Murray comentó a su madre que Rafa le había dicho que el no tenía que ir al colegio, que entrenaba a diario en una academia. Fue el momento en el que Andy vio que su futuro pasaba por hacer del tenis su profesión, tenía que tomárselo en serio. 

A los nueve años tras el divorcio de sus padres, Andy y su hermano Jamie sufrieron uno de los episodios más difíciles de su vida.El 13 de marzo de 1996, un hombre entró en la escuela Dunblane Primary School y asesinó a 16 compañeros y a su maestra. Al escuchar los disparos, los dos hermanos lograron esconderse. Hablar de la masacre es algo que no ha superado Andy Murray, aquello le marcó para toda la vida.

16 años después, el nombre de Dunblane sonaba en el mundo de otra forma. Andy Murray conseguía la medalla de oro para Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Lo hacía en la pista central del All England Tennis Club, el templo del tenis mundial. Esa pista que tantos disgustos le daba cuando se enfrentaba cada temporada al reto de ganar Wimbledon. Andy pensaba que era imposible, lo sabía, tenía enfrente a Federer, Nadal, Djokovic. Aún así luchaba cada año por conseguirlo, tiene un gen competitivo, el mismo gen que hacía que perdiera los papeles y tirara por los aires el tablero del Monopoly cuando perdía jugando con su familia.

Un mes antes de conseguir la medalla de oro, en esa misma pista, se derrumbaba en la entrega de trofeos de la final de Wimbledon. Tuvo enfrente a Federer, uno de los más grandes de la historia. Sintió que no podría conseguirlo nunca y se sintió culpable no solo por el mismo, sino por ese público que tanto esperaba de el, de la misma forma que le sometía  a una presión terrible.La prensa británica buscaba motivos, incluso en su vida personal. Andy se sinceró con el micrófono en la mano, lloró y agradeció al público el apoyo. El público le respondió con una de las más sonoras ovaciones que se han dado en esa pista central. Federer pasó a un segundo plano ese día.

Tenía el cariño de los británicos, pero seguía con la presión a la que estaba sometida.¿Para cuando un Grand Slam? 

Tenía a su entrenador, sobretodo en lo mental, Ivan Lendl, una persona que en su carrera tenística pasó por los mismos momentos que Andy. Perder cuatro finales seguidas de Grand Slam y recuperarse. Ivan Lendl lo consiguió. La fuerza mental en el tenis es la mejor de las cualidades, el mejor martillo con el que golpear a los rivales, la manera de superar las altas presiones de la competición. Para estar entre los más grandes, necesitas la fuerza mental.

10 de septiembre de 2012. Y llegó, Andy Murray levanta su primer Grand Slam y lo hace nada más y nada menos que frente a Novak Djokovic, el defensor del titulo. Es un paso de gigante, pero Andy no se siente liberado. La prensa le exige más. Wimbledon es la asignatura pendiente.

Judy, la madre, fue jugadora profesional de tenis, no soportaba la actividad de la competición, los viajes, y todo lo que conllevaba. Su misión desde entonces fue enseñar a Andy a que amara el tenis, el deporte que ella amaba. Antes de ganar U.S Open, Andy no disfrutaba con el tenis. Era el número 3 del mundo, había ganado muchos torneos pero no tenía su Grand Slam. La prensa hacía que el mismo se sintiera un perdedor. El pensaba que era un perdedor. A veces sentía vergüenza.

7 de julio de 2013. Andy Murray, se desploma en la pista central del All England Tennis Club. Ha conseguido algo más importante que levantar ese trofeo dorado. Ese día consigue quitarse la presión, esa que tanto ajusticia al ser humano cuando la siente. La presión mental es junto con el miedo una de las mayores barreras que tiene el hombre para conseguir lo que anhela. Esa presión que a veces es sometida por factores externos y otras por nuestra propia mente. La misma presión que hacía competir a Andy con los más grandes, sin presión no era el mismo jugador, el lo sabía, necesitaba ese estímulo para competir.

La presión física esta vez ha podido con Andy, al menos en esta corta batalla, la de su carrera deportiva. Seguramente no va a poder con su fuerza mental, esa que tanto ha trabajado en los últimos años para conseguir estar entre los cuatro mejores del mundo. Los otros tres son Federer, Nadal y Djokovic. Los tengo que nombrar para que la frase anterior cobre más importancia y seriedad.

El día que cuelgue la raqueta, lo hará en su casa, en su pista vital, la que más experiencias le ha dado en esta vida. Tristezas, derrumbes, lloros de tristeza y de alegría, y como no, su ansiado Wimbledon. Andy, ha merecido la pena. No es un adiós, es un hasta pronto.