PANAREA, EL PARAISO PERDIDO

 

Panarea es una de las ocho islas Eolias que se sitúan en el norte de Sicilia. Con tan sólo 280 habitantes durante el resto del año y una extensión de apenas tres kilómetros cuadrados se erige como un pequeño paraíso perdido que muy pocos conocen. Es el paraíso perdido, como así lo define el arquitecto Bernabé Rodriguez-Pastrana Redondo. En este entrada el propio arquitecto nos cuenta sus vivencias en esta isla de ensueño.

El paraíso perdido

Sin coches, ni puerto, ni zapatos. Tras un largo viaje surcando los mares en una pequeña nave encapsulada digna del propio Julio Verne, se abría la compuerta al paraíso perdido. Decía Cavafis que es el viaje en sí mismo la verdadera aventura, lo realmente enriquecedor y, por lo tanto, no la meta lo que importa, sino el camino a ella, a Ítaca.

A bordo del aliscafo, curioso había intentado adivinar el paisaje exterior sin éxito, por culpa de la densa espuma de un mar, cuyo salitre salpicaba y arañaba el ya opaco ventanuco. Dos horas después de zarpar del decadente y desordenado puerto de Milazzo, situado al noreste de Sicilia, pusimos el pie en un pequeño malecón roído por las embestidas de Eolo. Justo entonces, clavamos la mirada en la isla y notamos como una extraña sensación de paz sacudía nuestro cuerpo.

La primera impresión de Panarea, la hermana pequeña de las volcánicas Eólicas, puede ser incluso algo desilusionante de no ser por la emoción del viaje y la espera. ¿Quién no ha llegado alguna vez en su vida a un austero y pequeño puerto isleño de viejos marineros y diminutas construcciones blancas encajadas en la ladera? Llegamos a la hora del sosiego.  Como en un cuadro de Antonino Leto, los niños vuelven de la pequeña playa del puerto, frente a la cual, los de azul echan amarras y descargan a los últimos turistas de la tarde de sus simples embarcaciones. Sin embargo, poco a poco, un aura especial comienza a envolver la isla con los últimos destellos del atardecer y se aprecia la mezcla de la tenue luz natural con las bombillas de las terrazas y sus destellos. La pared encalada del Hotel Lisca Bianca deja entrever sus surcos y cicatrices y si en ese momento elevas la vista, ves cómo sus lámparas en forma de estrella, comienzan a bailar al son de la brisa marina. Es el hechizo que cae cada anochecer de verano sobre los singulares y durante el día invisibles habitantes y aventureros viajeros que deciden encallar en Panarea.

Es entonces cuando hay que sentir la llamada de la música que suena de fondo desde las terrazas del mítico Hotel Raya, lugar de culto hacia donde se va dirigiendo la gente. Desde allí la isla se transforma en poesía y aquel puerto poco singular en apariencia, de blancas casas y fondo rocoso, entra en erupción. Infinitas buganvillas corretean por los tejados mientras los caminos quieren imitar las sinuosas curvas de la mujer a la sombra del abanico de colores pastel que luce lo que dura el ocaso. A lo lejos flotan los pequeños islotes que un día pudieron estar unidos a la isla, Lisca Bianca, Bottaro, Basiluzzo y Dattilo mientras Stromboli despierta del letargo y comienza a arrojar su roja lava señalando el comienzo de la fiesta.

 

Pero no es el paisaje el único elemento que aporta el color. Los actores principales van llegando al teatro en el que se convierten las terrazas del Hotel Raya. Así, sobre ese idílico escenario comienzan a desfilar exóticos turbantes con túnicas a juego, ricas sedas, faldas policromadas, brillan el ámbar y el nácar en los cuellos y muñecas sobre distintas pieles, con distintos y radiantes morenos. También hay labios pintados y los camareros, que parecen flotar sosteniendo sobre en sus bandejas las transparentes bolsas de coloridas bebidas, animan la función y se mueven ágilmente siempre con una sonrisa. Hace acto de presencia la propietaria, Myriam Beltrami, quien, en los años 60, concibió este sueño atemporal. Es un espectáculo maravilloso que cada noche de verano hace de preludio de las incontables cenas a las que ese público se dirigirá tras pasar allí, ya sea sentados sobre cojines o bajos muretes, las últimas horas del día mirando al horizonte.

De nuevo desde el puerto, punto neurálgico de la diminuta isla, nos adentramos por un pequeño hueco en uno de los muros para subir la escalinata que nos llevará a cenar al Bridge, donde la comida se funde con la bebida y la danza. Al son de las enormes bandejas de sushi que vuelan sobre las cabezas, el público se levanta a bailar y mientras bailan, los que quedan sentados en las distintas mesas al aire libre, hablan entre sí y se presentan. Corre el vino y se oyen murmullos cada vez que el volcán escupe lava a lo lejos. En el olvido quedan las preocupaciones, el ruido de la ciudad y los horarios. La gente come, anda y baila descalza al mismo tiempo en señal de liberación y poco a poco abarrotan la diminuta pista de baile del Bridge, donde solo cabe ser feliz.

El dulce amanecer de un nuevo día no da tregua y la isla que ayer trasnochó, despierta alegre entre bajas montañas, olivos y limoneros con el mar Tirreno de fondo. Nadie se pierde el desayuno porque saben que la comida será ligera, como marcan los cánones cuando se sale a navegar. Entre el Hotel Lisca Bianca y el Hotel Raya hay una pequeña venta. De ahí saldrán los víveres necesarios para un día en el mar: unos bocadillos Caprese y algo de fruta fresa. De beber, unas botellas prosecco, que más tarde hay que mezclar en una jarra con hielo y melocotones locales troceados, para crear una exquisita sangría de otra época.

Ya en el malecón, vale con cualquier pequeña embarcación, que uno mismo sin grandes dotes marineras podrá comandar. Ponemos rumbo al sureste, donde se encuentran las calas más resguardadas de la isla como Cala Junco. Una vez allí hay que parar el motor, descorchar la botella y dejar que la sal, el sol y el mar te acaricien mientras disfrutas de La Dolce Vita y esperas a que pase la barca de los gelati. A eso de las 6, tras incontables baños, recogemos el ancla para regresar. La media hora de vuelta se hará infinita, transformándose en un eterno atardecer que permanecerá para siempre en el recuerdo. Sientes la brisa en la cara cuando miras al frente y tienes frente a ti a Stromboli, que te atrae con una fuerza titánica, la misma de cuando justo ahí, Bergman sucumbió ante Rossellini. Entonces, de un volantazo, te vuelves a alejar del puerto que ya veías, para vivir la inmensidad del mar y la verdadera fuerza de las Islas Eólicas. Aumenta la adrenalina y se despierta tu espíritu aventurero en busca del paraíso perdido. Porque como alguien dijo una vez, no se va tan lejos como cuando no se sabe a dónde se va.

Gracias a DLM Magazine por darme la oportunidad de revivir alguno de los episodios de este viaje tan especial que Anita (mi mujer) y yo hicimos un día como hoy hace justo un año y que nunca olvidaremos.

 

 

Bernabé Rodriguez-Pastrana Redondo

@bernapas